Resurrección
Resurrección Pero Nejliúdov permaneció inflexible, y en el momento en que el lacayo y el portero se acercaban solícitos, entregándole el sombrero y el bastón, y le abrían la puerta en cuyo exterior había un guardia, dijo que no podía ahora de ninguna forma.
—Bueno, entonces ven, por favor, el jueves. Es el día que recibe mi mujer. ¡Se lo diré a ella! —le gritó Máslennikov desde la escalera.