Resurrección
Resurrección El piano enmudeció, se oyeron unos pasos descontentos, y alguien miró por la puerta.
El director, como sintiéndose aliviado por la interrupción de la música, encendió un cigarrillo grueso de tabaco flojo, y le ofreció a Nejliúdov. Éste no aceptó.
—Le decía que deseo ver a Máslova.
—Será difícil verla hoy —comentó el director.
—¿Por qué?
—Pues verá, usted mismo tiene la culpa —dijo el director, sonriendo ligeramente—. Príncipe, no le dé dinero directamente. Si lo desea, démelo a mí. Yo se lo guardaré. Como ayer sin duda usted le dio dinero, ha conseguido vino —no hay manera de quitarle ese vicio— y hoy se ha emborrachado por completo, tanto que hasta se puso a alborotar.
—¿Es posible?
—Y tanto que sí. Incluso he tenido que emplear severas medidas y la he trasladado de sala. En general es una mujer pacífica, pero por favor, no le dé dinero. Esa gente es así…
Nejliúdov recordó vivamente lo ocurrido ayer, y de nuevo sintió terror.
—¿Y la presa política Bogodújovskaya, podría verla? —preguntó, tras un silencio.