Resurrección

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Nejliúdov miró por otra mirilla: su ojo se encontró con otro ojo, grande y asustado, que se apartó rápidamente. Al mirar por la tercera, vio durmiendo en el catre a un hombre de pequeña estatura; tenía la cabeza tapada con el guardapolvo. En la cuarta celda se hallaba sentado un hombre de cara ancha y pálida, con la cabeza inclinada y los codos sobre las rodillas. Al oír los pasos, el hombre levantó la cabeza y miró. En todo su rostro, sobre todo en los ojos, había una expresión de desesperada tristeza. Sin duda, no le interesaba saber quién observaba su celda, pues no esperaba nada bueno de nadie. A Nejliúdov le entró terror, dejó de mirar y se acercó a la celda veintiuno, de Menshov. El carcelero quitó el candado y abrió la puerta. Un joven de largo cuello musculoso, con ojos redondos y bondadosos y barbita, permanecía en pie junto al catre y con el rostro asustado, poniéndose con rapidez el guardapolvo, miró a los que entraban. A Nejliúdov le asombraron de modo especial los redondos y bondadosos ojos que pasaban asustados de él al carcelero, al subdirector y viceversa.

—Este señor quiere hacerte preguntas sobre tu asunto.

—Se lo agradezco mucho.

—Me han hablado de su caso —empezó Nejliúdov entrando al fondo de la celda y deteniéndose junto a la ventana, enrejada y sucia—, y quisiera oírlo de usted mismo.


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