Resurrección
Resurrección Menshov se acercó a su vez a la ventana y empezó enseguida a contar. Al principio miraba tímidamente al subdirector, luego cada vez con más valor. Cuando el subdirector salió al corredor a dar unas órdenes, empezó a hablar sin ninguna timidez. Este relato, por el lenguaje y la forma, era el de un sencillo campesino, y a Nejliúdov le resultaba horroroso escuchar esta historia de boca del detenido, con el vergonzoso traje de presidiario y en prisión. Nejliúdov escuchaba y al mismo tiempo miraba al catre bajo con su colchón de paja y la ventana con una reja gruesa, de hierro, las sucias y húmedas paredes, el rostro infeliz y la figura estropeada del campesino, con botas y guardapolvo, y cada vez sintió mayor tristeza. No quería creer que fuera verdad lo que contaba este hombre bondadoso. Le resultaba tan horrible pensar que los hombres podían, sin motivo, sólo por el hecho de haberlo ofendido, coger a un hombre y, poniéndole un traje de presidiario, meterle en este espantoso sitio. Sin embargo, más horroroso todavía era pensar que esta historia, relatada por un hombre de rostro bondadoso, fuera un engaño y un invento. El caso consistía en que inmediatamente después de la boda, el tabernero del pueblo le había arrebatado a su mujer. Buscaba justicia por todas partes, pero el tabernero sobornaba a las autoridades y quedaba tranquilo. Una vez se llevó a la mujer a la fuerza, pero se le escapó al día siguiente. Entonces fue a exigir que le devolviera a su mujer. El tabernero le dijo que su mujer no estaba allí —él la había visto al entrar—, y le mandó que se fuera. Pero no se marchó. El tabernero y un mozo le golpearon hasta hacerle sangrar, y al día siguiente ardió la posada del tabernero. Le acusaron a él y a su madre. No había provocado el incendio, porque estaba en casa de su compadre.