Resurrección
Resurrección —Y efectivamente, ¿tú no provocaste el incendio?
—Ni se me pasó por la imaginación, señor. Ha sido él mismo, el muy bandido. Dicen que acababa de asegurar la posada. Y nos acusaron a mi madre y a mà de que habÃamos sido nosotros, y de que lo habÃamos aterrorizado. Es cierto que en aquella ocasión yo le habÃa injuriado, no me pude aguantar. Pero no provoqué el incendio. Lo hizo adrede el dÃa que mi madre y yo no estábamos allÃ, para cobrar el seguro, y nos echó la culpa a nosotros.
—Pero ¿es posible?
—Absolutamente, le hablo como si estuviera ante Dios. ¡Sea usted mi padre! —querÃa inclinarse hacia el suelo, pero Nejliúdov le contuvo—. Sáqueme de aquÃ, me estoy perdiendo por nada —concluyó.
De pronto, sus mejillas se estremecieron y se echó a llorar, y remangándose la manga del guardapolvo, se puso a secarse los ojos con la manga sucia de la camisa.
—¿Han terminado? —preguntó el subdirector.
—SÃ. Bueno, no se desanime, haremos lo que se pueda —dijo Nejliúdov, y salió. Menshov permanecÃa junto a la puerta, de forma que el carcelero le empujó con ella al cerrarla. Mientras el carcelero cerraba la puerta con el candado, Menshov miraba a través de la ventanilla.