Resurrección
Resurrección Nejliúdov escuchaba y casi no entendía lo que estaba diciendo el viejo apuesto cantero, porque toda su atención estaba concentrada en un piojo gris enorme que se deslizaba entre los pelos y la mejilla del apuesto cantero.
—¿Cómo es eso? ¿Cómo pueden estar aquí sólo por esa razón? —preguntó Nejliúdov dirigiéndose al subdirector.
—Sí, ha sido una negligencia de la superioridad, había que haberlos mandado al lugar de procedencia —decía el subdirector.
Tan pronto terminó de hablar el subdirector, se destacó del grupo un hombrecillo pequeño, también con un guardapolvo de presidiario, y empezó —torciendo de un modo extraño la boca— a decir que aquí los martirizaban sin necesidad.
—Peor que a unos perros… —empezó.
—Bueno, bueno, mejor es que no hables. De lo contrario…
—De lo contrario ¿qué? —dijo desesperado el hombrecillo—. ¿Acaso somos culpables de algo?
—¡A callar! —gritó el subdirector, y el hombrecillo se calló.
«¿Qué es esto?», se decía Nejliúdov saliendo de las salas, acompañado de centenares de miradas oblicuas que le seguían desde las puertas, y de los detenidos que encontraba a su paso.