Resurrección

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El primero que llamó su atención fue un muchacho, de rostro simpático, que llevaba una chaqueta corta. Permanecía en pie ante una mujer de edad, cejinegra, y le decía algo con calor y moviendo las manos. Al otro lado estaba sentado un hombre viejo, con gafas azules, y escuchaba sin moverse, mientras sujetaba con la mano a una muchacha con traje de presidiaria que le contaba algo. Un colegial —con expresión de susto en la cara— tenía los ojos clavados en el viejo y no dejaba de mirarle. Cerca de ellos, en un rincón, sentada, una pareja de enamorados: la muchacha tenía el pelo corto, rostro enérgico, rubia, bonita, muy jovencilla, y llevaba un vestido de moda; él, de rasgos finos y cabellos rizados, con una chaqueta impermeable, un buen mozo. Permanecían sentados en el rincón y susurraban, sin duda hablando de amor. Cerca de la mesa estaba sentada una mujer de pelo blanco, con un vestido negro, debía de ser una madre. Miraba con los ojos muy abiertos a un muchacho de aspecto tuberculoso que llevaba una chaqueta igual a la del muchacho enamorado; quería decir algo, pero no podía pronunciar ni una palabra a causa de las lágrimas. Empezaba y se paraba. El muchacho tenía un papel en las manos y, no sabiendo qué hacer, lo estrujaba y arrugaba con cara de enfado. Al lado de ellos estaba una muchacha bastante llena, de buen color, guapa, con los ojos muy saltones, con vestido y capa. Sentada junto a la madre que lloraba, acariciaba con ternura su hombro. Todo resultaba hermoso en esa muchacha: sus grandes manos blancas, cabellos cortos y ondulados, nariz y labios de expresión firme. Pero el encanto principal de su rostro lo constituían los ojos castaños, de expresión bondadosa y sincera. Sus ojos bonitos se apartaron del rostro de la madre en el momento en que entró Nejliúdov y se encontraron con su mirada. Pero enseguida se volvió y le empezó a decir algo a la madre. No lejos de la pareja de enamorados se hallaba sentado un hombre moreno, melenudo, de rostro sombrío, que con enfado decía algo a su visitante, un imberbe con aspecto de skopiets. Nejliúdov, sentado junto al director, miraba en torno suyo con curiosidad tensa. Le distrajo un niño de pelo rubio, corto, que se acercó y le preguntó con una vocecilla muy fina:


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