Resurrección
Resurrección Estaba claro que por muy artÃsticos e inveterados que fuesen los argumentos que permitÃan a los hombres hacer el mal a sus semejantes, sin sentirse responsables, el director no podÃa dejar de reconocer que él era uno de los culpables de la desgracia que se desarrollaba en esta habitación, y a él —por lo visto— le resultaba muy penoso.
Finalmente, los reclusos y los visitantes empezaron a marcharse: unos por la puerta interior, otros por la exterior. Se retiraron los hombres, unos con chaquetas impermeables, el joven tuberculoso y el moreno melenudo; se marchó también MarÃa Pávlovna con el niño que habÃa nacido en la prisión.
Asimismo, empezaron a salir los visitantes. Primero fue el viejo de las gafas azules, con pasos torpes, y detrás salió Nejliúdov.
—SÃ, señor; menudo orden hay aquà —habló, como si continuara una conversación interrumpida, el joven locuaz, bajando al lado de Nejliúdov las escaleras—. Gracias a que el capitán es buena persona y no se atiene al reglamento. Todos hablan y se desahogan.
—¿Es que en otras cárceles no existen estas entrevistas?
—¡Uy! Nada de eso. No dejan comunicar asÃ, sino sólo a través de rejas.