Resurrección

Resurrección

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Cuando Nejliúdov hablaba con Medíntsev —con ese nombre se presentó el joven— y llegaron al vestíbulo, se les acercó el director con aspecto cansado.

—Entonces, si quiere ver a Máslova, venga por favor mañana —dijo, sin duda queriendo ser amable con Nejliúdov.

—Muy bien —replicó Nejliúdov, y se apresuró a salir.

Los sufrimientos de Menshov debían ser terribles, y no tanto en lo físico cuanto por sus dudas acerca de la bondad y de Dios, que debía experimentar al ver la crueldad de los hombres torturándole sin motivo; terribles eran la humillación y las torturas infligidas a ese centenar de canteros no culpables de nada, y sólo porque en sus documentos había algo mal escrito; terribles esos carceleros estúpidos, que se dedicaban a torturar a sus hermanos, seguros de que hacían una obra buena e importante. Y aún más el director, hombre de edad, enfermizo y bondadoso, que debía separar a la madre del hijo y al padre de la hija, gentes iguales que él y los suyos.

«¿Por qué pasa esto?», se preguntaba Nejliúdov, experimentando ahora en más alto grado aquel sufrimiento de asco moral que se convertía en una sensación física, aquel asco que sentía siempre en la cárcel, pero nunca encontraba respuesta.


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