Resurrección

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El lacayo ya había tenido tiempo de anunciarle cuando entraron en el salón. Ana Ignátieva, la subgobernadora, la generala, como se llamaba a sí misma, se inclinaba hacia el visitante con una sonrisa resplandeciente por encima de los sombreros y las cabezas que la rodeaban en torno al diván. En el otro extremo del salón, alrededor de una mesa de té, permanecía sentado un grupo de señoras y varios hombres en pie —militares y civiles—, y se oía el incesante murmullo de voces masculinas y femeninas.

—Enfin![46] ¿Por qué no quiere usted saber nada de nosotros? ¿Qué le hemos hecho?

Con estas palabras, que hacían suponer una intimidad entre ella y Nejliúdov —que no había existido nunca— recibió Ana Ignátieva al recién venido.

—¿Se conocen ustedes? Madame Beliávskaya, Mijaíl Ivánovich Chernov. Siéntese más cerca.

—Missy, venez donc à notre table. On vous apportera votre thé…[47] Y usted… —se dirigió al oficial que hablaba con Missy, de cuyo nombre sin duda se había olvidado— venga por favor aquí. ¿Quiere té, príncipe?

—No estoy de acuerdo de ninguna forma: eso significa sencillamente que no le quería —explicaba una voz femenina.

—Pero le gustaban los dulces.[48]


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