Resurrección
Resurrección Missy frunció con enfado el ceño, se encogió de hombros y se dirigió hacia el oficial elegante, el cual tomó la taza vacía de sus manos y enganchando el sable en los sillones, la llevó con ademán viril a otra mesa.
—También usted tiene que sacrificarse por nuestro asilo.
—Sí, y no me niego, pero quiero reservar toda mi generosidad para los cuadros vivientes. Allí es donde me voy a volcar.
—¡Bueno, no se descuide! —se oyó una voz afectada y burlona.
El día de recepción resultaba magnífico, y Ana Ignátieva estaba entusiasmada.
—Me ha dicho Mika que se ocupa usted de las cárceles —le decía a Nejliúdov—. Mika —era su grueso marido, Máslennikov— puede tener otros defectos, pero ya sabe usted lo generoso que es. Todos esos desgraciados reclusos son como hijos suyos. No los mira de otra manera. Il est d’une bonté…[50]
Se detuvo no encontrando palabras que pudieran expresar la bonté de su marido, por cuyas órdenes azotaban a la gente, y, acto seguido, sonriendo, se dirigió a una señora anciana, surcada de arrugas, con lazos de color morado, que acababa de entrar.