Resurrección
Resurrección —Entonces ¿tú no puedes hacer nada? —preguntó Nejliúdov sombrÃo, recordando las palabras del abogado, de que el gobernador le echarÃa la culpa al fiscal.
—SÃ, lo haré. Me informaré inmediatamente.
—Si es peor para ella. C’est un souffre-douleur[54] —sonó una voz femenina desde el salón, por lo visto indiferente en absoluto hacia la persona de quien hablaba.
—Tanto mejor, entonces cogeré también ésta —se escuchó del otro lado la risueña voz de un hombre y la risa juguetona de una mujer.
—No, no, por nada del mundo —decÃa una voz femenina.
—Bueno, entonces lo haré todo —repitió Máslennikov, apagando el cigarrillo con su blanca mano, en la que lucÃa un anillo de turquesa—, y ahora vamos a reunirnos con las damas.
—TodavÃa hay otra cosa —dijo Nejliúdov, sin entrar en el salón y deteniéndose en la puerta—. Me han dicho que ayer en la prisión infligieron un castigo corporal a unos reclusos. ¿Es verdad eso?
Máslennikov enrojeció.