Resurrección

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«No debo poseer tierras. No poseyendo tierras no puedo mantener toda esta propiedad. Además, ahora me voy a Siberia y, por tanto, no necesito la casa ni la finca», decía una voz. «Todo eso es así —decía otra voz—, pero en primer lugar no vas a pasarte toda la vida en Siberia. Si te casas, puedes tener hijos. Y lo mismo que has recibido la finca, la tienes que entregar a tu vez. Cederla, destruir todo, es muy fácil, pero empezarlo y ponerlo en marcha, muy difícil. Sobre todo, debes reflexionar sobre tu vida y decidir lo que vas a hacer y con relación a eso disponer de tu propiedad. ¿Y es firme esa decisión tuya? Además, ¿lo haces así, verdaderamente, ante tu conciencia o para alabarte ante la gente?» Nejliúdov no podía dejar de reconocer que lo que la gente iba a decir de él no dejaba de tener influencia sobre su decisión. Y cuanto más pensaba, tanto más surgían interrogantes sin respuesta. Para librarse de estos pensamientos se acostó en el fresco lecho y quiso dormirse para tener la cabeza despejada al día siguiente y resolver las interrogantes en las que se había enredado ahora. Pero durante mucho rato no pudo dormir. Por las ventanas abiertas, junto con el aire fresco y la luz de la luna, irrumpían en la habitación el croar de las ranas mezclado con los silbidos y el canto de los ruiseñores lejanos en el parque y de uno cercano, bajo la ventana, entre las ramas de una lila en flor. Nejliúdov se acordó de la música de la hija del director, de éste, de Máslova, cómo le temblaban los labios lo mismo que el croar de las ranas, cuando le decía: «Déjeme, se lo digo de veras». Luego, el administrador alemán empezó a bajar hacia el lugar donde cantaban las ranas. Era preciso retenerlo, pero no sólo había bajado hasta el estanque, sino que se había transformado en Máslova, y empezó a reprocharle: «Soy una condenada a trabajos forzados y usted un príncipe». «No, no me someteré», pensó Nejliúdov, se recobró y preguntó: «Bueno, ¿hago bien o mal? No lo sé, y además me da lo mismo. Da lo mismo. Lo único que hace falta es dormir». Y él mismo empezó a descender hacia donde se había metido el administrador y Máslova, y allí acabó todo.


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