Resurrección

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—No, mejor voy a verlos —dijo Nejliúdov, experimentando una sensación completamente desconocida para él de timidez y vergüenza ante la idea de tener que enfrentarse a hablar con ellos.

Iba a realizar un deseo de los campesinos en el que éstos no se atrevían ni a pensar. Cederles por un precio barato la tierra, es decir, iba a hacerles un bien, y, sin embargo, sentía remordimientos de conciencia. Cuando Nejliúdov se acercó a los reunidos y empezaron a descubrirse ante él cabezas de pelo castaño, rizado, calvas, de pelo blanco, se azoró tanto que durante largo rato no pudo decir nada. La lluvia menuda seguía cayendo y se detenía en los cabellos, las barbas y en el paño de los caftanes de los campesinos. Éstos miraban al señor y esperaban qué les iba a decir, pero estaba tan cohibido que no podía decir nada. El silencio turbador fue roto por el administrador alemán, tranquilo, seguro de sí mismo, conocedor del campesino y dominando perfectamente el idioma ruso, como si fuera el propio Nejliúdov. Ofrecía un enorme contraste con las caras delgadas y llenas de arrugas de los campesinos y sus omóplatos delgados y salientes, que se destacaban bajo los caftanes.

—El príncipe quiere hacer una buena obra con vosotros: os quiere ceder las tierras, aunque no os las merecéis —dijo el administrador.


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