Resurrección
Resurrección Al otro lado del pozo estaba la aldea. Hacía un día radiante y caluroso y a las diez de la mañana ya quemaba el sol; las nubes, juntándose de vez en cuando, lo ocultaban. Toda la calle estaba impregnada de un denso olor acre, pero no desagradable, que despedía el estiércol de una hilera de carros que subía hacia la colina y, sobre todo, los montones revueltos de estiércol en los patios, ante cuyas puertas abiertas pasaba Nejliúdov. Los campesinos que iban detrás de los carros, descalzos, con ropas y camisas manchadas de estiércol, se volvían a mirar al señor alto y grueso, con un sombrero gris con una cinta de seda que brillaba al sol, que iba hacia la parte alta de la aldea, tocando ligeramente el suelo, a cada dos pasos, con su bastón de empuñadura brillante. Los labradores que regresaban del campo, montados en el pescante de sus carros vacíos, se quitaban la gorra y observaban con curiosidad a aquel señor extraño que caminaba por su calle; las mujeres se asomaban a las puertas y a las verjas y lo señalaban unas a otras, acompañándole con la vista.