Resurrección
Resurrección —Diecisiete rublos cada trimestre. ¡No quiera saber qué vida! ¡Dios no lo permita! ¡Uno mismo no sabe cómo se las arregla!
—¿Se puede entrar en vuestra isbá? —preguntó Nejliúdov avanzando por el caminito, y desde el sitio limpio pasó a la capa de estiércol de color amarillo azafrán que estaba todavÃa intacta y habÃa sido extendida con las horcas, y despedÃa un fuerte olor.
—¿Por qué no? Entra —dijo el viejo, y con pasos rápidos, con sus pies descalzos, exprimiendo el agua del estiércol que le salÃa entre los dedos, adelantó a Nejliúdov y le abrió la puerta de la isbá.
Las mujeres, arreglándose los pañuelos sobre las cabezas y bajándose las faldas, miraban con temerosa curiosidad a aquel señor tan limpio, con gemelos de oro en los puños de la camisa, que entraba en su casa.
De la isbá salieron corriendo dos niñas pequeñas que sólo llevaban una camisita. Agachándose y quitándose el sombrero, Nejliúdov entró en el zaguán, la estrecha y sucia isbá estaba impregnada de olor a comida agria, y habÃa dos ruecas.
En la isbá, junto al fogón, permanecÃa una vieja remangada con los brazos delgados y curtidos, surcados por venas.
—Aquà ha venido nuestro amo a hacernos una visita —anunció el viejo.