Resurrección
Resurrección —¿Qué más vamos a comer? Añadiremos un poco de leche a las coles —dijo la vieja sonriendo y mirando hacia la puerta.
La puerta estaba abierta y el zaguán estaba lleno de gente; niños, niñas, mujeres con criaturas de pecho en los brazos, se apiñaban en la puerta, mirando al magnÃfico señor que examinaba la comida de los campesinos. La vieja, sin duda, estaba orgullosa de saber tratar al señor.
—SÃ, nuestra vida es penosa, señor, penosa. ¡Qué te voy a decir! —exclamó el anciano—. ¿Dónde os metéis? —gritó a los que permanecÃan en la puerta.
—Bueno, adiós —dijo Nejliúdov, sintiendo incomodidad y vergüenza sin saber exactamente por qué.
—Le agradecemos profundamente que nos haya visitado —dijo el anciano.
Las gentes en el zaguán se apretaron unas contra otras para dejarle paso y salió a la calle encaminándose hacia arriba. Detrás de él salieron del zaguán dos chiquillos descalzos: uno mayor, con una camisa sucia, que habÃa sido blanca, y el otro con una camisa fina de color rosa. Nejliúdov se volvió a mirarlos.
—¿Y ahora dónde vas a ir? —preguntó el chico de la camisa blanca.
—A casa de Matriona Járina —respondió—. ¿La conocéis?