Resurrección

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—Pues no te vayas, si tienes la obligación de vigilar a los animales.

—¿Y quién le da el pecho al niño? Tú no irás a criarlo.

—Si hubieran pisoteado los prados, lo comprendo, no les dolerían las tripas de hambre, pero no han hecho más que entrar —decía la otra.

—Nos estropean todos los prados —se dirigió el administrador a Nejliúdov—. Si no se les castigara, no recogeríamos nada de pasto.

—¡Ay, no peques! No digas mentiras —gritó la embarazada—. Las mías no han entrado nunca.

—Bueno, pues sí han entrado: págalo o trabaja.

—Bueno, trabajaré, pero suelta la vaca, no la mates de hambre —gritó irritada la mujer—. De cualquier forma no descanso ni de día ni de noche. Mi suegra está enferma. Y mi marido ha desaparecido. Tengo que hacerlo todo yo sola, y me faltan las fuerzas. ¡Así revientes con tus exigencias de hacernos pagar eso trabajando!

Nejliúdov pidió al administrador que soltara las vacas, y se marchó de nuevo al jardín para reflexionar sobre el asunto, pero ya no había nada que reflexionar. Todo esto le resultaba ahora tan claro que no podía dejar de sorprenderle cómo era posible que no lo viese la gente, incluso él mismo, durante tanto tiempo, estando tan extraordinariamente claro.


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