Resurrección
Resurrección Nejliúdov siguió hablando de cómo las rentas debían ser distribuidas entre todos y luego les ofrecía que se hicieran cargo de la tierra y pagaran por ella el precio que ellos fijasen, con destino a un capital común, que ellos mismos iban a disfrutar. Continuaron oyéndose voces de aprobación y de conformidad, pero las caras serias de los campesinos se tornaban cada vez más graves, y los ojos que en un principio miraban al amo, bajaron al suelo como no queriendo avergonzarle, porque su astucia había sido comprendida por todos y no iba a engañar a nadie.
Nejliúdov hablaba con bastante claridad y los campesinos eran gente comprensiva; sin embargo, no le entendían por la misma razón que el administrador tardó en comprenderle. Estaban firmemente convencidos de que cualquier hombre piensa tan sólo en su provecho. En cuanto a los propietarios, sabían por experiencia, desde hacía unas cuantas generaciones, que siempre buscaban su propio beneficio en detrimento de los campesinos. Por eso, si el amo les llamaba para proponerles algo nuevo era, sin duda, para engañarles de alguna forma con mayor astucia todavía.
—¿A cuánto pensáis poner el impuesto?
—¿Cómo le vamos a poner un impuesto? Nosotros no podemos hacerlo. La tierra es de usted y usted es el que manda —contestaron del grupo.