Resurrección
Resurrección El pedir los granos era porque hasta entonces, según lo acordado, los granos para sembrar tenÃan que ponerlos los campesinos y ellos pedÃan que los dieran los señores.
—Entonces ¿quiere decir que renunciáis? ¿No queréis aceptar la tierra? —preguntó Nejliúdov dirigiéndose a un joven campesino, descalzo, de cara reluciente, que llevaba un caftán roto y mantenÃa sobre su brazo izquierdo doblado su gorra rota, como sostienen los soldados sus gorras, cuando se descubren ante superiores.
—Asà es —dijo éste, que por lo visto no habÃa logrado todavÃa librarse del hipnotismo militar.
—Entonces ¿resulta que tenéis bastantes tierras? —preguntó Nejliúdov.
—De ningún modo, señor —respondÃa con afectada alegrÃa el ex soldado, sosteniendo con cuidado su gorra ante sÃ, como si la ofreciera a cualquiera que quisiese beneficiarse de ella.
—Bueno, de todos modos, pensad en lo que os he dicho —dijo extrañado Nejliúdov, y repitió su ofrecimiento.
—No tenemos nada que pensar: ya lo hemos dicho, las cosas seguirán igual —dijo, malhumorado y sombrÃo, el viejo desdentado.
—Mañana pasaré aquà el dÃa, si cambiáis de opinión, mandad a decÃrmelo.
Los campesinos no contestaron nada.