Resurrección
Resurrección —La tierra no es de nadie, es de Dios —empezó.
—Eso es asÃ. AsÃ, exactamente —confirmaron varias voces.
—Toda la tierra es un bien común. Todos tienen el mismo derecho sobre ella. Pero hay una mejor que otra. Y cada uno desea coger la mejor. ¿Qué hacer para repartirla equitativamente? De este modo: que el que posea tierra buena pague a los que no tienen tierra lo que vale la suya —se contestaba a sà mismo Nejliúdov—. Y como es difÃcil discernir quién tiene que pagar a quién, y como es necesario recoger dinero para el fondo de las necesidades de la comunidad, entonces el que posea tierras que pague a la comunidad cuanto valga su tierra. En este caso todo será equitativo. Quieres tener tierra, paga más por la buena y menos por la mala. Si no quieres poseerla, no pagues nada; los impuestos para las necesidades de la comunidad los pagarán por ti aquellos que disfruten de ellas.
—Eso es justo —dijo el fumista, moviendo las cejas—, quien tenga mejores tierras debe pagar más.
—¡Vaya cabeza que tenÃa ese George! —dijo el viejo venerable de la barba ensortijada.
—Con tal de que se puedan pagar los impuestos —intervino con su voz de bajo el campesino alto, dándose cuenta, sin duda, por dónde iba la cosa.