Resurrección

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—¡Ah! ¡Buenos días, Dimitri! —dijo, ofreciéndole su mejilla recién afeitada—. ¿Cuándo has venido?

En silencio, besó a su mujer en la frente.

—No, il est impayable[75] —se dirigió la condesa Katerina Ivánovna a su marido—. Me manda ir al río a lavar la ropa y a comer patatas. Es un gran tonto, pero de todos modos hazle lo que te pide. Es un gran estúpido —prosiguió—. Y ahora, escucha: dicen que Kámienskaya está tan desesperada que temen por su vida —dijo a su marido— deberías ir a verla.

—Sí, es horrible —exclamó el marido.

—Bueno, vete a hablar con él, yo tengo que escribir unas cartas.

Tan pronto como Nejliúdov salió del salón y entró en la otra habitación le gritó desde allí:

—¿Escribo entonces a Mariette?

—Sí, por favor, ma tante.

—Bien, entonces dejaré en blanc[76] lo que necesitas para la del pelo corto, y ella dará la orden a su marido. No creas que soy mala. Tus protegées[77] son asquerosas, pero je ne leur veux pas de mal.[78] ¡Que Dios sea con ellas! Bueno, márchate. Y por la tarde, no faltes en casa. Oirás a Kiesewetter. Y rezaremos. Si me haces caso, ça vous fera beaucoup de bien.[79] Ya sé que Elena y todos vosotros estáis muy atrasados en eso. Entonces, hasta luego.


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