Resurrección
Resurrección —¿Cómo se apellida?
—Shustova, Lidia Shustova. Sus datos están en la carta.
—Bueno, está bien. Trataré de hacer lo que pueda —dijo y subió con ligereza al carruaje tapizado, cuyas aletas pintadas de laca brillaban al sol, y abrió la sombrilla.
El lacayo montó en el pescante y dio orden al cochero de partir. El coche se puso en marcha, pero inmediatamente Mariette tocó con la sombrilla la espalda del cochero, y los hermosos caballos de piel reluciente inclinaron sus bonitas cabezas y se detuvieron piafando.
—Y usted, por favor, no deje de venir, pero desinteresadamente —dijo sonriendo con una sonrisa cuya fuerza conocía muy bien; se bajó el velo, de la misma forma que, terminada la representación, se deja caer el telón—. Bueno, vámonos —y de nuevo tocó al cochero con la sombrilla.
Nejliúdov se descubrió. Los magníficos caballos pura sangre piafaron, golpearon el suelo con los cascos, y el coche rodó rápidamente; sólo en algunos sitios daba ligeras sacudidas sobre las llantas nuevas, por las irregularidades del camino.