Resurrección

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Al ver a Nejliúdov, su rostro bondadoso de buenos colores, entre sus blancos bigotes y barba, se plegó en una sonrisa cariñosa.

—Estoy muy contento de verle, su madrecita y yo éramos viejos conocidos y amigos. Le he visto a usted de niño y luego de oficial. Bueno, siéntese, dígame en qué le puedo servir. Sí, sí —decía moviendo la cabeza de pelo corto y canoso, mientras Nejliúdov contaba la historia de Fedosia—. Continúe, continúe, lo he comprendido todo; sí, sí, efectivamente, es conmovedor. Y qué, ¿ha presentado usted la solicitud?

—Sí, ya la he preparado —dijo Nejliúdov, sacándola del bolsillo—. Pero quería pedirle a usted, tenía esperanzas… que sobre este asunto se tomase un interés especial.

—Y ha hecho muy bien. Yo mismo informaré sobre el asunto —dijo el barón, expresando lástima en su rostro alegre—. Es muy conmovedor. Por lo visto era todavía una niña, el marido la trató groseramente, esto la alejó de él, y al pasar el tiempo empezaron a amarse… Sí, yo mismo informaré.

—El conde Iván Mijáilovich decía que se lo quería pedir a la emperatriz.

No le dio tiempo a Nejliúdov a pronunciar las últimas palabras, cuando el rostro del barón cambió completamente.


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