Resurrección
Resurrección —Además, es mejor que entregue usted la solicitud en la oficina, y yo haré lo que pueda —dijo a Nejliúdov.
En ese momento entró en el despacho el joven funcionario, presumiendo, sin duda, de sus andares.
—Esa señora quiere decirle aún dos palabras.
—Bueno, llámela. ¡Ah! Mon cher, cuántas lágrimas se ven aquÃ. ¡Si se pudieran enjugar todas! Se hace lo que se puede.
Entró la señora.
—Se me olvidó pedirle que no le permita internar a mi hija, porque es capaz…
—Pero si le he dicho que lo haré.
—Barón, ¡por Dios! Salvará usted a una madre.
Se apoderó de su mano y se puso a besarla.
—Todo se solucionará.
Cuando salió la señora, Nejliúdov se levantó para despedirse.
—Haremos todo lo posible. Nos pondremos en relación con el Ministerio de Justicia. Tan pronto como nos contesten, se hará lo que se pueda.
Nejliúdov salió y pasó a la oficina. Otra vez, como en el Tribunal Supremo, se encontró en un lujoso piso con funcionarios magnÃficos, pulcros, corteses y correctos; empezando por los trajes y terminando por su conversación, exacta y severa.