Resurrección
Resurrección —Se les dan libros de religión y revistas viejas. Tenemos una biblioteca formada por obras a propósito. Pero normalmente no leen. Al principio parece que se interesan, pero después quedan los libros nuevos con las hojas cortadas hasta la mitad, y los viejos, con las hojas intactas. Hemos hecho pruebas incluso —dijo con un intento de sonrisa— poniendo aposta papelitos entre las hojas. Y ahí se quedan. Tampoco se les prohíbe escribir —continuaba el general—. Se les da una pizarra y un pizarrín, así que pueden escribir para distraerse. Pueden borrar y volver a escribir. Y tampoco escriben. Sólo se inquietan al principio, y luego incluso engordan, se tranquilizan y se hacen muy silenciosos —decía el general, sin sospechar el horroroso significado que tenían sus palabras.
Nejliúdov escuchaba su voz ronca de viejo, contemplaba los miembros endurecidos de su cuerpo, los ojos apagados bajo las cejas canosas, sus mejillas viejas, fofas y recién afeitadas que se apoyaban en el cuello del uniforme, la cruz blanca, de la que se enorgullecía este hombre, que la había recibido por su cruel genocidio, y comprendió que era inútil replicarle y explicarle el significado de sus palabras. Pero así y todo, haciendo un esfuerzo, le preguntó por la reclusa Shustova, acerca de la que había recibido aquel día noticia de que se había decretado su libertad.