Resurrección
Resurrección —¿Shustova? Shustova… No recuerdo a todos por su nombre. Son tantos… —dijo, por lo visto, reprochándoles su gran número. Llamó y ordenó que viniera el secretario.
Mientras el secretario llegaba, aconsejó a Nejliúdov que siguiera la carrera militar, que las gentes honradas y agradecidas —considerándose entre tales personas— le eran especialmente necesarias al zar… «y a la patria» —añadió, seguramente, sólo por la belleza de la frase.
—Yo soy viejo, y sin embargo, continúo sirviendo en la medida de mis fuerzas.
El secretario, un hombre enjuto de ojos inteligentes e inquietos, vino a informar que Shustova se encontraba en determinado lugar fortificado del fuerte, y que no se habÃan recibido papeles relacionados con ella.
—En cuanto los recibamos, ese mismo dÃa la pondremos en libertad. No los retenemos, no les tenemos un especial aprecio —dijo el general con un nuevo intento de sonrisa, que sólo logró deformar su viejo rostro.
Nejliúdov se puso en pie, tratando de contenerse para no expresar el sentimiento mezclado de repulsión y lástima que sentÃa hacia ese horrible viejo. El viejo consideró también que no debÃa mostrarse demasiado severo con aquel hombre superficial y, por cierto, equivocado, que era el hijo de su camarada, y no quiso dejar de hacerle alguna recomendación.