Resurrección
Resurrección —Adiós, querido, no se enfade conmigo, se lo digo por el cariño que le tengo. No trate con la gente que tenemos recluida. No suele haber inocentes. Todos esos son unos inmorales. Nosotros sà que los conocemos —dijo, con un tono que no admitÃa lugar a dudas. No dudaba en absoluto de esto, no porque fuese asÃ, sino porque, de otra forma, tendrÃa que reconocerse no como un héroe respetable que se habÃa hecho acreedor a una buena vida, sino como un inútil que se habÃa vendido y en la vejez continuaba vendiendo su conciencia—. Lo mejor de todo es que siga la carrera militar —continuó—. Al zar le hacen falta hombres honrados… y a la patria —añadió—. Bueno, ¿qué pasarÃa si todos hiciéramos como usted? ¿Quién quedarÃa? Nos gusta criticar la situación, pero no queremos ayudar al gobierno.
Nejliúdov suspiró profundamente, hizo una gran reverencia, estrechó la mano grande y huesuda que le tendÃa condescendiente y salió de la habitación.
El general movió la cabeza en señal de desaprobación y, frotándose la cintura, volvió otra vez al salón donde le esperaba el pintor, que ya habÃa apuntado la respuesta recibida del alma de Juana de Arco. El general se puso las lentes y leyó: «Se reconocerán por la luz que emanen sus cuerpos etéreos».