Resurrección

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—Perdone —dijo.

Entró en el despacho un miembro del Tribunal, de mediana estatura, hombros altos, rostro taciturno y con lentes de oro.

—Otra vez se retrasa Matvei Niktich —dijo, descontento.

—Siempre llega tarde —dijo el presidente, poniéndose la toga.

—No me explico cómo no le da vergüenza —continuó el recién venido con enfado, mientras se sentaba y sacaba los cigarrillos.

El miembro del Tribunal era un hombre muy ordenado. Aquella mañana había tenido una discusión desagradable con su mujer porque ésta se había gastado el dinero antes de finalizar el mes. Le había pedido dinero adelantado, pero él dijo que no pensaba ceder. Y se organizó un escándalo. Su mujer le dijo que en tal caso no habría comida y que no pensara en comer en su casa. Así había salido, y temía que la mujer mantuviese su amenaza, ya que podía esperarse todo de ella. «Toma, ¿qué te parece? Vive para eso de una forma honrada y moral. Él está contento y alegre; en cambio, yo, siempre sufro», pensó, mirando al presidente, rebosante, sano y alegre, el cual, separando ampliamente los codos, se arreglaba con sus blancas manos las patillas entrecanas, a ambos lados del cuello bordado.

Entró el secretario con un expediente.


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