Resurrección

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Skovoródnikov, sentado frente a Wolf, recogía durante todo el tiempo con sus dedos gruesos la barba y el bigote y se los metía en la boca; tan pronto como Be dejó de hablar, cesó de masticarse la barba, y con voz ronca y alta dijo que, a pesar de que el presidente de la sociedad de accionistas era un gran sinvergüenza, él sería partidario de la casación de la causa si existiesen motivos legales, pero, como no era así, se unía a la opinión de Iván Semiónovich Be. Y se puso contento de la pulla que había lanzado con ello a Wolf. El presidente se sumó a la opinión de Skovoródnikov, y fallaron en contra de la queja.

Wolf estaba descontento porque enteramente parecía que le habían sorprendido en una parcialidad deshonrosa, y, fingiendo indiferencia, abrió el expediente de Máslova y se sumió en él. Entre tanto, los magistrados llamaron para pedir té, y comentaron un suceso que ocupaba en aquel tiempo a todos los petersburgueses, lo mismo que el duelo de Kámenski.

Se trataba del director de un importante departamento ministerial al que habían sorprendido en el acto del delito previsto por el artículo 995.

—¡Qué repugnancia! —dijo con asco Be.


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