Resurrección
Resurrección Nejliúdov dijo que iría, y guardando el papel en la cartera, se dirigió a las habitaciones de su tía. Al subir por la escalera miró por la ventana que daba a la calle y vio el par de caballos de Mariette, y de pronto se sintió inesperadamente alegre y le dieron ganas de sonreír.
Mariette, con sombrero, pero ya no negro, y con un vestido claro de varios colores, estaba sentada con una taza en la mano junto a la butaca de la condesa, charlando y fulgurando con sus ojos bonitos y risueños. En el momento en que Nejliúdov entraba en la habitación, Mariette acababa de decir algo tan gracioso —gracioso e inconveniente—, que se dio cuenta de ello por la forma de reír de la bondadosa y bigotuda condesa Katerina Ivánovna, quien se estremecía con todo su cuerpo grueso y se desternillaba de risa. Mariette, con una expresión particular de michoevous,[88] con la boca sonriente un poco torcida e inclinando a un lado su rostro enérgico y alegre, miraba en silencio a su interlocutora.
Nejliúdov comprendió por algunas palabras que hablaban de la segunda novedad petersburguesa de aquel tiempo, el episodio del nuevo gobernador en Siberia.
Y que Mariette, a propósito de esto, había dicho algo tan gracioso que la condesa no pudo contenerse durante mucho tiempo.
—Me vas a matar —decía, tosiendo.