Resurrección

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Demoraba la vista de aquella causa, esperando a un testigo cuyas pruebas no eran necesarias y carecían de importancia, sólo porque iba a tener lugar en un juzgado cuyo jurado se componía de personas cultas que podían absolver a los skoptsy. De acuerdo con el presidente, quería trasladar la causa a una ciudad de provincias, donde habría más campesinos en el jurado y, por tanto, mayor posibilidad de condena.

La animación del pasillo iba en aumento. La mayoría de la gente se concentraba junto a la sala civil, donde se resolvía el proceso del que habló el señor de aspecto distinguido, aficionado a los asuntos jurídicos. Durante un descanso salió de allí la anciana a quien el genial abogado supo arrebatar sus bienes en favor del hombre de negocios que no tenía derecho sobre ellos. Esto lo sabían los jueces y, sobre todo, el querellante y su abogado, pero la trama urdida era tal que resultaba imposible no despojar a la anciana de sus bienes y no entregarlos al querellante. La viejecita llevaba un elegante vestido y un sombrero con flores enormes. Salió de la sala, se detuvo en el pasillo y, gesticulando con sus brazos cortos y gruesos, dirigiéndose a su abogado, repetía: «¿Qué va a ser esto? Compadézcase de mí, pero ¿qué es esto?». El abogado pensaba en algo, miraba las flores del sombrero y no la escuchaba.


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