Resurrección
Resurrección Pisando los talones de la viejecita, salió el célebre abogado —llevaba el plastrón de una blancura deslumbrante y su rostro resplandecía de satisfacción—, que había logrado que la anciana de las flores se quedara sin nada y el querellante —que le había dado diez mil rublos— recibiera más de cien mil. Todos los ojos se volvieron hacia el abogado, éste lo notó y parecía expresar con todo su ser: «No es preciso hacer testimonio de admiración», y pasó rápidamente ante ellos.