Resurrección
Resurrección Por fin llegó Matvei NikÃtich. El ujier —un hombre delgado, de cuello largo, que arrastraba una pierna y tenÃa el labio inferior torcido— entró en la sala de los jurados.
Se trataba de un hombre honrado, con estudios universitarios, pero no podÃa permanecer en ninguna colocación por ser un borracho empedernido. HacÃa tres meses que una condesa, protectora de su mujer, le habÃa conseguido esta colocación, y estaba muy satisfecho de continuar en ella.
—Señores, ¿están ya todos? —dijo, poniéndose los lentes y mirando a través de ellos.
—Parece que estamos todos —respondió el alegre comerciante.
—Vamos a comprobarlo —repuso el ujier, y, sacando un papel del bolsillo, empezó a pasar lista mirando a los jurados tan pronto por encima de los lentes como a través de ellos.
—I. M. Nikiforov, consejero de Estado.
—Soy yo —respondió un señor de aspecto distinguido, que estaba al corriente de todos los procedimientos judiciales.
—Iván Semiónovich, coronel retirado.
—Presente —contestó un señor delgado de uniforme.
—Piotr Bakláshov, comerciante de segunda.