Resurrección
Resurrección —Bueno, no se os ocurra burlaros de mÃ. El predicador es una cosa y el teatro es otra. Para salvarse no es necesario poner una cara larga de un arshin y estar todo el tiempo llorando. Es preciso creer, y entonces hay alegrÃa.
—Ma tante, usted predica mejor que cualquier predicador.
—¿Sabe una cosa? —dijo Mariette, después de meditar un poco—. Venga mañana a mi palco.
—Temo que no me sea posible.
La conversación fue interrumpida por un visitante. Era el secretario de una sociedad benéfica, de la cual era presidenta la condesa.
—Bueno, éste es un señor muy aburrido. Será mejor que le reciba allÃ. Luego me reuniré con vosotros. SÃrvele té, Mariette —dijo la condesa marchándose al salón, con sus pasos rápidos y ágiles.
—¿Quiere? —preguntó al tiempo que cogÃa la tetera de plata del infiernillo de alcohol, y separaba de un modo extraño el dedo meñique.
Su cara se tornó seria y triste.
—Me resulta tremendamente doloroso que las personas cuyo juicio aprecio me mezclen con la posición en que me encuentro.