Resurrección
Resurrección Al repetir en su imaginación los pensamientos que había tenido la víspera, Nejliúdov se asombró de que hubiera podido creer en ellos un solo minuto. Por muy nuevo y difícil que fuera lo que se había propuesto hacer, sabía que era la única vida posible para él en la actualidad. Y por conocido y fácil que fuera volver a lo anterior, sabía que era la muerte. La sensación que tuvo el día anterior se le aparecía ahora como le sucede a un hombre que ha dormido mucho y, a pesar de que ya no tiene sueño, tiene ganas de seguir tumbado en la cama aunque sabe que es hora de levantarse y que le espera un asunto importante y grato.
Ese día, el último de su estancia en San Petersburgo, fue por la mañana a la isla Vasílievski, a casa de Shustova.
El piso de Shustova era el segundo. Nejliúdov, por indicación del portero, fue a la escalera interior, recta y empinada, por la que entró directamente en una cocina, donde hacía mucho calor y olía a comida. Una mujer de edad, remangada, con delantal y gafas, permanecía junto al fogón, y movía algo en una cacerola humeante.
—¿Qué desea? —preguntó con severidad, mirando por encima de las gafas.
Nejliúdov no tuvo tiempo de decir su nombre, y ya la cara de la mujer adquirió una expresión de susto y alegría.