Resurrección
Resurrección —¡Oh, prÃncipe! —gritó la mujer, secándose las manos en el delantal—. Pero ¿por qué ha entrado por la escalera de servicio? ¡Es usted nuestro bienhechor! Yo soy la madre de ella. Han trastornado completamente a la muchacha. ¡Es usted nuestro salvador! —decÃa cogiendo a Nejliúdov la mano y tratando de besársela—. Ayer estuvo en su casa. Me insistió mucho mi hermana. Está aquÃ. Pase, pase, por favor, sÃgame —decÃa la madre de Shustova, acompañando a Nejliúdov a través de una puerta estrecha y un pasillo oscuro. Por el camino iba arreglándose el vestido apretado en la cintura, y los cabellos—. Mi hermana se llama KornÃlova, seguramente habrá usted oÃdo hablar de ella —añadió en un susurro, deteniéndose ante la puerta—. Ha estado complicada en asuntos polÃticos. Es una mujer inteligente.
Abriendo la puerta del pasillo, la madre de Shustova introdujo a Nejliúdov en una habitación pequeña. AllÃ, ante una mesita, sentada en un diván, permanecÃa una muchacha de mediana estatura, llenita, con una blusa de percal a listones, de cabellos rubios rizados que enmarcaban su rostro redondo y muy pálido. Frente a ella estaba sentado un joven con bigote y barba negros, muy inclinado, que llevaba una camisa rusa con el cuello bordado. Ambos estaban por lo visto tan enfrascados en la conversación, que sólo se volvieron cuando Nejliúdov ya habÃa entrado por la puerta.