Resurrección
Resurrección —Lida, el prÃncipe Nejliúdov, el mismo que…
La muchacha, pálida, nerviosa, se puso en pie de un salto, arreglándose tras la oreja un mechón de cabellos, y se quedó mirando al recién llegado con sus grandes ojos grises asustados.
—Entonces ¿usted es aquella peligrosa mujer por la que se interesaba Vera Efrémova? —preguntó Nejliúdov, sonriendo y tendiéndole la mano.
—SÃ, la misma —dijo Lida, y descubriendo una hilera de dientes perfectos, sonrió con expresión bondadosa e infantil—. Mi tÃa tenÃa muchos deseos de verle. ¡TÃa! —se dirigió a la puerta, con una voz femenina y agradable.
—Vera Efrémova estaba muy disgustada con su detención de usted —dijo Nejliúdov.
—Siéntese aquÃ, o mejor en este sitio —decÃa Lida indicando el sillón roto del que acababa de levantarse el muchacho—. Mi primo, Sajárov —dijo al ver la mirada que Nejliúdov dirigÃa al muchacho.
El joven sonrió con la misma bondad que Lida, saludó al visitante y, cuando Nejliúdov se sentó, cogió una silla que habÃa junto a la venta y se puso a su lado. Por otra puerta entró un colegial rubio de unos dieciséis años, y en silencio se colocó en el alféizar de la ventana.
—Vera Efrémova es muy amiga de mi tÃa, yo casi no la conozco —dijo Lida.