Resurrección
Resurrección En aquel momento, de la habitación vecina entró una mujer muy simpática, con cara inteligente, llevaba una blusa blanca ceñida con un cinturón de cuero.
—Buenos días, muchas gracias por haber venido —empezó a decir tan pronto como se sentó en el diván al lado de Lida—. ¿Cómo está Viérochka? ¿La ha visto usted? ¿Cómo sobrelleva su situación?
—No se queja —respondió Nejliúdov—, dice que tiene una sensación olímpica.
—¡Oh! Conozco a Viérochka —dijo la tía, sonriendo y moviendo la cabeza—. Tiene una personalidad magnífica. Todo para los demás, nada para ella misma.
—Es cierto, no quería nada para sí y tan sólo estaba preocupada por su sobrina. Lo que le atormentaba era que la hubiesen detenido por nada, según dijo.
—Así es —exclamó la tía—. Ha sido horrible. Ha sufrido por culpa mía.
—¡Nada de eso, tía! —dijo Lida—. Sin ti también hubiera cogido los papeles.
—Permíteme que yo lo sepa mejor que tú —continuó la tía—. Verá usted —prosiguió dirigiéndose a Nejliúdov—, todo ocurrió porque alguien me pidió que le guardara unos documentos, y yo, como no tengo piso, se los traje a ella. En su casa, aquella misma noche, hicieron un registro, cogieron los documentos y también se la llevaron a ella. Y la han tenido hasta ahora. Le exigían que dijese de quién los había recibido.