Resurrección

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—Sí, pero yo no lo sabía. Pensaba que lo había denunciado. Caminaba por la celda de pared a pared, y no podía ni pensar. Pensaba: lo he denunciado. Me acostaba, me tapaba, y oía cómo me susurraba alguien: «Has denunciado, has denunciado a Mitin, has delatado a Mitin». Sabía que era una alucinación y, sin embargo, no podía dejar de escucharlo. Quería dormirme, no podía; quería no pensar, tampoco podía. ¡Eso ha sido horroroso! —decía Lida cada vez más y más excitada, enroscando en el dedo el mechón de pelo y soltándolo otra vez, y mirando a todas partes.

—Lídochka, tranquilízate —repetía la madre, tocándole un hombro.

Pero Lídochka ya no podía detenerse.

—Es horroroso porque… —empezó a decir algo más, pero sin terminar estalló en sollozos, saltó del diván y, tropezando con el sillón, salió corriendo de la habitación.

—Habría que colgar a esos canallas —dijo el colegial que estaba sentado en el alféizar de la ventana.

—¿Qué dices tú? —preguntó la madre.

—Yo… nada. Decía… —replicó el estudiante, y cogiendo un cigarrillo que había en la mesa, se puso a encenderlo.


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