Resurrección
Resurrección —¿Yo? He estado detenida dos veces —dijo la tÃa, con una sonrisa triste—. Cuando me detuvieron la primera vez, y lo hicieron por nada —continuó—, yo tenÃa veintidós años, tenÃa una niña y estaba embarazada. Por doloroso que me resultara entonces verme privada de libertad, separada de mi marido y de mi hija, todo eso no era nada en comparación con lo que experimenté cuando comprendà que habÃa dejado de ser una persona y me habÃa convertido en un objeto. Me quiero despedir de mi hija, y me dicen que vaya y suba al coche. Pregunto dónde me llevan, y me contestan que me enteraré cuando llegue. Pregunto de qué me acusan, y no me contestan. Cuando después del interrogatorio me desnudaron, me pusieron el traje de presidiaria con un número, me llevaron al sótano, abrieron la puerta, me empujaron allà y me encerraron en el calabozo con un candado, se marcharon y sólo quedó un centinela con un fusil, que andaba silencioso y de vez en cuando miraba por la mirilla de mi puerta, me resultó tremendamente penoso. Recuerdo que lo que más me anonadó entonces fue que el oficial de los gendarmes me ofreciera un cigarrillo. Entonces supe cómo le gusta fumar a la gente, cómo le gusta la libertad, la luz, sabÃa cómo quieren las madres a sus hijos y los hijos a la madre. Entonces, ¿cómo pueden despiadadamente arrancarme de todo lo que me era querido y encerrarme como a una fiera salvaje? Eso no puede pasar sin castigo. Si uno cree en Dios y en los hombres y que unos se quieren a otros, después de esto dejará de creer. Desde entonces dejé de creer en los hombres y me he hecho hostil —concluyó con una sonrisa.