Resurrección
Resurrección Nejliúdov hizo una mueca al oír el nombre de Tóporov.
—Todo depende de él. De todos modos, le van a pedir información. A lo mejor él mismo te lo resuelve.
—Si me lo aconsejas, iré.
—¡Pues estupendo! Bueno, ¿cómo te sienta San Petersburgo?
—Noto que estoy hipnotizado —dijo Nejliúdov.
—¿Hipnotizado? —repitió Bogatyríov, y lanzó una sonora carcajada—. ¿No quieres comer? Como quieras —se limpió el bigote con la servilleta—. Entonces, ¿vas a ir, eh? Si él no lo hace, dame la instancia, y mañana mismo la llevaré —dijo a voz en grito, y levantándose de la mesa se santiguó haciendo una amplia señal de la cruz, sin duda con la misma inconsciencia con que se había limpiado los labios, y se puso a ajustarse el sable a la cintura—. Y ahora, adiós; me tengo que marchar.
—Saldremos juntos —dijo Nejliúdov, estrechando contento la mano fuerte y ancha de Bogatyríov, y como siempre, bajo la agradable sensación de algo sano, inconsciente, lozano, y se separó de él en la escalinata de la casa.
Aunque no esperaba nada bueno de esa visita, de todos modos Nejliúdov, por consejo de Bogatyríov, fue a casa de Tóporov, de quien dependía el asunto de los sectarios.