Resurrección

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Tóporov levantó la cabeza y sonrió, como si la pregunta de Nejliúdov le resultara agradable.

—Eso no puedo decírselo. Sólo puedo decirle que los intereses del pueblo, por los que nosotros velamos, son tan importantes que el exceso de celo relativo a la religión no es tan terrible ni nocivo como la indiferencia que actualmente se está extendiendo.

—Pero ¿cómo es posible que en nombre de la religión se quebranten las principales reglas del amor, se separen familias…?

Tóporov continuaba sonriendo condescendiente, encontrando sin duda graciosas las preguntas de Nejliúdov. Cualquier cosa que dijera Nejliúdov, Tóporov la encontraría graciosa y parcial desde la altura —como pensaba— de su elevada situación de hombre de Estado en que se hallaba.

—Desde el punto de vista de un hombre particular puede parecer así —dijo—, pero desde el gubernamental parece un poco distinto. Bueno, encantado —dijo Tóporov, inclinando la cabeza y tendiéndole la mano.

Nejliúdov la estrechó y en silencio se apresuró a salir, arrepintiéndose de haberle estrechado la mano.

«Los intereses del pueblo —repetía las palabras de Tóporov—. Tus intereses, sólo los tuyos», pensaba saliendo de la casa de Tóporov.


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