Resurrección
Resurrección En el palco estaba Mariette con una señora desconocida, que llevaba una capa roja y un peinado muy aparatoso, y dos hombres: un general de uniforme, el marido de Mariette, un hombre apuesto, alto, de rostro severo e impenetrable y nariz aguileña; el otro, con una ancha pechera blanca, rubio y calvo, con un hoyuelo en el mentón afeitado, entre dos amplias patillas. Mariette, graciosa, delgada, elegante, con un escote que dejaba ver sus hombros fuertes y musculosos y su cuello, en el que había un lunar, se volvió inmediatamente e indicó a Nejliúdov con el abanico una silla que había detrás de ella, mientras le sonreía agradecida y —según le pareció— de un modo significativo. Su marido, tranquilamente —como lo hacía todo—, miró a Nejliúdov e inclinó la cabeza. Se veía en él —en su actitud, en la mirada que cambiaba con Mariette— que era el poseedor, el dueño, de una mujer hermosa.
Cuando acabó el monólogo, el teatro estalló en aplausos. Mariette se levantó y, sujetándose la falda de seda que crujía, salió a la parte interior del palco y presentó a su marido a Nejliúdov. El general, sin dejar de sonreír con los ojos, dijo que estaba encantado, y tranquilamente guardó un silencio impenetrable.
—Tenía que marcharme hoy, pero le prometí venir —dijo Nejliúdov a Mariette.