Resurrección

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Nejliúdov comprendió que no tenía nada que decirle, que sólo deseaba mostrarse ante él en todo el esplendor de su traje de noche, con sus hombros desnudos y su lunar, y eso le resultaba agradable y repulsivo al mismo tiempo.

No es que hubiera desaparecido ahora para Nejliúdov aquel velo que cubría antes esos encantos, pero al menos veía lo que había debajo. Mirando a Mariette se embelesaba, pero sabía que era una mentirosa que vivía con un marido que hacía su carrera con las lágrimas y la vida de cientos y cientos de personas, y esto le resultaba indiferente, y que todo lo que dijo la víspera era mentira. Lo que ella quería —él no sabía para qué ni ella tampoco— era obligarle a que la quisiera. Le resultaba atractivo y repugnante. Varias veces hizo ademán de marcharse, cogía el sombrero y se volvía a quedar.

Por fin, cuando el marido, cuyos espesos bigotes olían a tabaco, volvió al palco y con expresión protectora y despectiva miró a Nejliúdov, como si no lo reconociera, éste no dejó que se cerrara la puerta, salió al pasillo, buscó su abrigo y se marchó del teatro.



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