Resurrección
Resurrección Cuando Máslova entró en la oficina, el director levantó la cabeza y, sin mirar ni a Máslova ni a Nejliúdov, dijo:
—¡Pueden hablar! —y siguió ocupado con su papeles.
Máslova estaba vestida otra vez como antes: con una blusa blanca, falda y pañuelo a la cabeza. Al acercarse Nejliúdov y ver su rostro frío e iracundo, enrojeció intensamente y bajó los ojos, mientras jugueteaba con el extremo de la blusa. Su turbación era para Nejliúdov la confirmación de las palabras del portero de la enfermería.
Nejliúdov quería tratarla como la última vez, pero no podía. Así como antes quería tenderle la mano, ahora le resultaba repulsivo.
—Le he traído una mala noticia —dijo con tono uniforme, sin mirarle ni darle la mano—: en el Tribunal Supremo han rechazado la petición.
—Ya lo sabía —dijo con voz extraña, como si se ahogase.
Antes, Nejliúdov le hubiera preguntado por qué creía saberlo; ahora, sólo le lanzó un vistazo. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
Pero esto no sólo no le conmovió, sino, al contrario, le irritó más frente a ella.
El director se levantó y empezó a andar por la habitación de un lado para otro.