Resurrección

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Los Ragózhinski vinieron solos, sin sus hijos. Tenían dos: un niño y una niña, y se hospedaron en la mejor habitación del mejor hotel. Natalia Ivánovna fue inmediatamente al antiguo piso de su madre, pero al no encontrar allí a su hermano y enterarse por Agrafena Petrovna de que se había mudado a una habitación amueblada, se dirigió allí. Un mozo desaliñado la recibió en un pasillo oscuro y de sofocante atmósfera donde, a pesar de ser de día, estaba encendida la luz. Le advirtió que el príncipe no estaba en casa.

Natalia Ivánovna quiso entrar en la habitación de su hermano, para dejarle una nota. El mozo la acompañó.

Al entrar en las dos pequeñas habitaciones, Natalia Ivánovna las examinó atentamente. En todas las cosas vio la conocida limpieza y el orden y le asombró la modestia del mobiliario, completamente nueva para él. En la mesa vio el conocido pisapapeles con un perrito de bronce, y también —colocados con un orden familiar para ella— una serie de carpetas, papeles y objetos de escritorio; así como algunos tomos sobre leyes penales, un libro en inglés de Henry George y otro en francés de Tardé, y en uno de ellos metido el gran cuchillo curvado de marfil, que también conocía.


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