Resurrección
Resurrección El practicante se acercó, tocó su amarillenta mano cubierta de pecas, que no estaba todavía rígida, pero tenía una palidez mortal, la sostuvo un momento y después la soltó. La mano cayó sin vida sobre el vientre del cadáver.
—Se acabó —dijo el practicante moviendo la cabeza. Pero sin duda para seguir el reglamento, desabrochó la camisa mojada del cadáver y, apartando de su oreja los cabellos rizados, aplicó ésta sobre el pecho amarillento del preso. Todos guardaron silencio. El practicante se irguió, movió de nuevo la cabeza y levantó con el dedo primero uno y luego otro párpado de los ojos azules, abiertos e inmóviles.
—No me asustarán, no me asustarán —decía el loco, escupiendo todo el tiempo en dirección al practicante.
—Entonces ¿qué? —preguntó el sargento.
—¿Qué? —repitió el practicante—. Hay que llevárselo al depósito.
—Compruébelo usted, ¿está seguro? —preguntó el sargento.
—Es hora de que sepa mi oficio —respondió el practicante mientras cubría el pecho del cadáver—. Pero voy a mandar a buscar a Matvei Ivánovich, para que le reconozca. Petrov, vete a buscarle —dijo el practicante, y se alejó del cadáver.