Resurrección
Resurrección —No, no tenemos ni la menor idea de lo que ocurre con estos desgraciados, y es preciso saberlo —añadió Nejliúdov, mirando al viejo príncipe que estaba sentado ante la mesa, con una servilleta alrededor del cuello, y que en aquel momento se volvió a mirar a Nejliúdov.
—¡Nejliúdov! —gritó—. ¿Quiere refrescarse? Es bueno antes de ponerse en camino.
Nejliúdov rechazó la invitación, y se volvió.
—Pero ¿qué vas a hacer tú? —continuó Natalia Ivánovna.
—Lo que pueda. No lo sé, pero siento que tengo que hacer algo. Y haré lo que pueda.
—Sí, sí, te comprendo. Pero ¿y con éstos —dijo sonriendo e indicando con los ojos a Korchaguin—, acaso has terminado?
—Por completo, y creo que sin lamentarlo ninguna de las dos partes.
—Es una pena. Me da lástima. Yo la quiero. Bueno, supongamos que sea así. Pero ¿para qué quieres ligarte? —añadió con timidez—. ¿Para qué te marchas?
—Me voy porque debo hacerlo —contestó Nejliúdov serio y seco, como si deseara acabar esta conversación.