Resurrección

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Pero le remordió la conciencia por tratar con aquella frialdad a su hermana. «¿Por qué no decirle todo lo que pienso? Y que lo oiga también Agrafena Petrovna», se dijo a sí mismo, mirando a la vieja doncella. La presencia de Agrafena Petrovna le animaba más todavía a repetirle a su hermana su decisión.

—¿Hablas de mi decisión de casarme con Katiusha? Verás, yo estaba decidido a hacerlo, pero ella se ha negado rotunda y decididamente —dijo, y su voz tembló, como temblaba siempre que hablaba de eso—. No quiere mi sacrificio y renuncia ella, en su situación, a muchas cosas, y no puedo aceptar ese sacrificio si es momentáneo. Por eso la sigo y estaré donde esté ella, y la ayudaré cuanto pueda a aliviar su suerte.

Natalia Ivánovna no dijo nada. Agrafena Petrovna le miraba interrogativamente y movía la cabeza. De pronto, de la sala de señoras salió de nuevo la comitiva. El apuesto lacayo Filip y el portero llevaban a la princesa. Detuvo a los que la llevaban, llamó a Nejliúdov y, mientras emitía un lastimero quejido, le tendió su mano blanca, llena de sortijas, esperando con horror que no se la apretara demasiado.



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